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Voces de la pandemia | La vida, que es tan frágil

Una joven que inicia su carrera de enfermería relata cómo, de improviso, se halló en la primera línea de la lucha contra la pandemia.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Soy Jocelyn Espinosa, tengo 25 años y desde hace un mes trabajo en el hospital privado donde hacía mi servicio social rumbo a la titulación en la carrera de enfermería. En estos momentos atiendo a enfermos por la pandemia de covid-19, que ha dejado miles de contagios y otros miles de fallecidos en el país.

A finales de marzo me llamó la coordinadora de Servicio Social del hospital. Dijo que estaban contratando personal para atender a pacientes con covid-19. Me sorprendí, pero no tuve mucho tiempo para pensarlo. Acepté inmediatamente. Me sentía con esa obligación, porque para esto estudié.

Previo al ingreso al hospital recibí capacitación durante una semana. A mí y a mis compañeros nos enseñaron cómo usar el equipo médico para evitar contagios, nos explicaron los procedimientos para tratar con pacientes y nos hablaron con detalle sobre la enfermedad y sus síntomas. Todo esto suena muy sencillo en un principio. Memorizar parece lo más fácil, pero la realidad es muy distinta: cada paciente es diferente, cada uno manifiesta de distintas formas la enfermedad.

A pesar de que las instituciones médicas y autoridades han confirmado la preparación y el equipo suficiente para combatir la crisis, el miedo es latente. Y es que, en medio del pico más alto de la pandemia, estar en la primera línea requiere de gran valentía.

En mi primer día en el hospital sentía mucho miedo. Estaba muy nerviosa. Incluso creo que durante esa primera semana me obsesioné con lavarme las manos y ponerme gel antibacterial. Revisaba constantemente mis guantes y todo lo que traía puesto para ver que no estuviera roto. Pero creo que lo que más me daba miedo era que mi paciente en turno lo notara.

Desde que entré al hospital recibí constantemente llamadas y mensajes de mi familia y amigos; mensajes emotivos para que nunca me sintiera sola. Ingresar al hospital significó estar alejada de todos y eso se resiente. La cercanía habitual, invitaciones para comer o salir al cine, todo eso cambió con la cuarentena y ahora estás alejada por una pandemia mundial. Nunca te imaginas eso.

Es duro estar lejos de mi familia, no poder ver a nadie. Estoy consciente que este momento por el que estamos atravesando es muy difícil para todos y cuando salgo del hospital y veo a la gente tan despreocupada, sin tomar las medidas sanitarias para evitar contagios, pienso que aún nos falta un largo camino, porque sólo estando en el hospital uno se da cuenta de la gravedad de todo este asunto.

Adrián, mi pareja desde hace dos años, decidió quedarse en casa conmigo, aun cuando la recomendación fue que se alejara para evitar contagios. Sabemos cómo afrontarlo, con extremos cuidados de limpieza y desinfección.

Antes de salir al hospital preparo café para evitar el sueño durante mi turno; me maquillo, arreglo mi maleta y me encamino para llegar a tiempo.

Los primeros días fueron los más difíciles. No estaba acostumbrada a trabajar en el turno de la noche. Es muy pesado y a veces sentía cómo se me doblaban las piernas de cansancio; tenía que luchar con mi propio cuerpo para no quedarme dormida. Conforme han pasado los días ya no lo siento. Estamos tan ocupados que las horas pasan muy rápido.

A un mes de trabajar con pacientes de covid-19 ya no siento ese miedo que me invadió en un principio. Pero eso no significa que voy a bajar la guardia. Tengo que seguir cumpliendo todos los protocolos. A veces creo que esta pandemia nos está dando muchas enseñanzas y una de ellas es valorar la vida, que es tan frágil.

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