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ESPEJITOS Y CUENTAS DE VIDRIO

Por Luis A. Chávez
“Hay que morir como se vive” Octavio Paz. El Laberinto de la Soledad

¿Es “el Partido” (a pesar de su origen mexicano) nacional?, o está al servicio extranjero, lo que lo convierte en un partido ajeno que, por sus características de enriquecimiento explicable y la brutal distancia histórica que antepone al pueblo más su indiferencia e ineptitud, saberlo coludido con el mal, más bien lo hace enemigo y sobre todo, traidor.
Inepto para el bien, cínico e hipócrita, no duda en enturbiarse de sangre aún a costa de sus militantes que le estorban y teje, de inmediato –las fuerzas de armas están de su parte, esas leales legiones- teje una inverosímil red contradictoria, les llaman “cortinas de humo”, para distraer y volver a la carga en el afán único que le interesa: enriquecerse, a toda costa, sin piedad. La cadena de mando continúa igual, se aferra a ese botín sin freno: saquea, miente, esconde, niega, compra, “negocia”, y es perenne, sigue ahí. Animal diestro.
Hernán Cortés desembarca y sabe que la tierra es de oro, que todo lo que pisa puede ser de él y deja ejemplo: inocula (e insacula después) ese negro veneno en los primeros mexicanos pariendo de un engaño letal. Les hace entrega de espejitos y también cuentas de vidrio; todo, a cambio de lo que sería una nación.
La nación creció. Criollos y mestizos elaboraron a sudor, a sangre y fuego lo que no tardó en denominarse patria. Y para qué.
Allá en el alma de la fusión de razas, nadie pudo, ni Huitzilopochtli ni Coatlicue, borrar aquella acción de, a cambio de tu vida, un espejito.
Hoy, dame tu credencial, te doy un vidrio. Quinientos pesos, una despensa, un mandil.
Reside como nunca la costumbre, continúa el vejado, infame trueque de negociar la patria y, las artimañas, a pesar de poco más de 500 años ya pasados, son las mismas.
¿Qué ha cambiado? Para la población nada. Para los encargados de regalar espejos, todo. Para sus familias, hijos, nietos, generaciones enteras de saqueo a costa de vender la patria, de revenderla, de hacerse cada vez más de ella. Crucificarla, exponerla, seguir en el espejo y el vidrio de color (televisiones les dicen) porque la esencia extranjera, su abuso e injusticia, no conoce nunca de padecimientos, de lo que es infame ni mucho menos honor.
Cortés prosigue. La historia y su implosión es la misma.

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