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EN EL TRÓPICO

Por Luis A. Chávez

En el trópico, ver al paso una hamaca vacía, para los que nacimos aquí, es detener por un instante la memoria: algo está mal; algo pasa en el seno de esa familia, ¿qué ocurre? Una hamaca no puede estar inerte; sin su vaivén natural y sin persona es simplemente un objeto que no luce.

Porque la hamaca ocupada, ya por niños que irreverentes la toman y hacen de ese columpio un fenomenal volumen, es conocer que la alegría desbordada tiene su más humilde numen, una raíz ancestral para iluminar la casa, tanto, que el alboroto en ocasiones, es causa de amenazar, apaciguar aquellos ánimos a punto de convertirse en delito.

La otra imagen, donde la jovencita duerme plácida y, sobresale su mano –o todo el brazo- es la completa idea de un enunciado de amor, de una costumbre donde nuestra humildad vale la pena. No cualquiera, tampoco, sabe dormir en hamaca /debe terciarse la persona en ella/ porque el mareo, dicen, los mata; no a nosotros, que recibimos leche allí, más el candor de los abuelos, aquellos sigilosos pasos a nuestro alrededor porque profundamente dormíamos en un ir y venir al ritmo que sólo tienen las estrellas.

La hamaca sirve también para infortunios letales. Para llevar al herido que de la profundidad, la selva, requiere de especial cuidado.

Allí cuelga el multicolor abalorio de caricias, las palabras  lentas de uno a otro, la unión carnívora que vuela de manera suave y hace cerrar los ojos a los que les nacen alas: se engendra aquella costumbre que ni aun viviendo en la gran ciudad, se olvida.

Y el anhelo natural regresa, viene una descalza imagen por nosotros, llega al tejido que nos ama y en sus colores de hilos, nos llena de placer el corazón, y descansa.

No hay mejor sueño, ni más tierno arrullo, para los que somos del trópico, que la modestia volátil de ese arco, un iris de regalo que nunca falta en casa y pende para cualquiera que desee tomarlo.

Ni dolor de espalda ni huesos ni cartílagos. La historia y su cotidiano uso evolucionaron juntos, tan unidos, que sólo el que nació en el trópico, extraña como debe de ser lo que se llama hamaca. Rito y deber, obligación y ley.

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