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El Goebbels del Duartegate

PLANA MAYOR

“Bellua insatiabilis”. La bestia insaciable

Gaudencio García Rivera

Los extravíos, delirios, egocentrismos y omnipotencia que coronaron su ego al principio del régimen de Javier Duarte, con el apoyo del Tlatoani mayor, fueron el inicio de sus éxitos y el camino de la caída del intríngulis político. Una desgracia que todavía no asimila, para infortunio de él y los suyos.

El aparato propagandístico que montaron los émulos del político alemán Paul Joseph Goebbels —personaje célebre que utilizó la propaganda y control de los medios de comunicación para enaltecer al canciller Adolf Hitler—, Gina María Domínguez Colio, Juan Octavio Pavón González y Alberto Silva Ramos —dos veces—, para magnificar la retórica duartista que optimistamente había premonizado en 2012 que se integraría al gabinete de Peña Nieto en 2016, provocó a la postre un sismo trepidatorio que le está costando la cabeza.

Duarte y su cofradía actuaban y actúan con incredulidad dentro y fuera de los sótanos del poder público; se mofaban de sus críticos, malquerientes, de la sociedad civil y de sus adversarios de los partidos de oposición; todo lo atribuían a los vencedores del 5 de junio y al nuevo Tlatoani de la campaña de desprestigio que colocó a Veracruz en el ojo del huracán.

El dibujo, el rostro y el optimismo de Duarte se empezó a desdibujar conforme han salido a flote la patología de la corrupción del régimen y de sus principales colaboradores que desviaron millonarios dineros públicos que no están justificados y, en contraparte, una lluvia de denuncias de los diversos sectores de la sociedad civil han salido a las calles de la capital del estado para reclamar el rezago de adeudos oficiales, prestaciones sociales, constructores y proveedores en general.

Veracruz, prácticamente se encuentra incendiado coloquialmente, pero Los Pinos, la PGR y el Congreso de la Unión actúan con pasividad y singular parsimonia en espera que la sociedad civil y los ciudadanos de a pie caigan en la exasperación y se hagan justicia por su propia mano.

El estado, las instituciones oficiales, hicieron agua. El crimen organizado mantiene de rehén a la sociedad civil desde el Pánuco al Tonalá, de norte a sur y de este a oeste de Veracruz. El presidente Peña Nieto ve la tempestad en torre de marfil. Veracruz se cae en pedazos. ¿Quién pagará los destrozos del Duartegate? ¿Quién?

La paradoja. El vocero duartista, el escudero, el fan y partidario de las tesis de Goebbels y Nicolás Maquiavelo,   Alberto Silva Ramos, diputado federal priista con licencia, quien empleó infructuosamente todas las herramientas modernas de los Mass Media para desactivar el campo minado en el que se encuentra parado su jefe y contemporáneo Javier Duarte, se convirtió en el inseparable asesor casi por 24 horas del gobernador.

La presencia del Goebbels del Totonacapan en las redes sociales se fue colocando en bajo perfil —la rijosidad y rigurosidad para aclarar notas periodísticas que afectaran la imagen de su anodino jefe dejaron de ser tema de debates— y su invisibilidad en su despacho se hizo notoria para no atender a los deudores de los medios de comunicación, pero no sus instrucciones metódicas.

En contrataste, Duarte que no suelta a su médico de cabecera por los frágiles sueños que lo despiertan porque se están acabando sus días de gloria y de grandeza en el gabinete Peñista, se están esfumando, se adueñó del papel de su vocero y no hay día ni hora en que no esté tuiteando algún mensaje o novedad de su gobierno fútil.

Beto Silva ha seguido los pasos de su jefe Duarte. Se convirtió en el escapista húngaro Harry Houdine: no está en sus oficinas de El Olmo, ni en Casa Veracruz o en Palacio de Gobierno, ¿dónde diantres estará? Lo único que se sabe son sus correrías románticas que se han divulgado por las redes sociales.

Que su Julieta, una espigada joven que trae desde Tuxpan cuando fue alcalde, donde dejó una deuda de 500 millones de pesos —quebrado prácticamente—, que despacha como directora de un área de la Coordinación General de Comunicación Social con una generosa percepción, conviven recurrentemente en los mejores antros y restaurantes en Xalapa, con cargo al erario público.

Convivir en los antros y probar los mejores cortes culinarios, no tiene la menor importancia pública porque el vocero oficial del gobierno duartista puede hacer de su vida lo que le dé su libre albedrío, después de su jornada de trabajo. Pero como servidor público tiene la obligación por ley de dar la cara a los deudores de los Mass Media. Sus noviazgos importan un bledo, a menos que de lo privado trasciendan a lo público. ¿O no es elemental mi querido Watson? Comentarios a gau41@hotmail.com

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