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COMO NO TIENE USTED IDEA

Por Luis A. Chávez

Revise usted todas las notas sobre narcotráfico, locales, regionales, estatales, nacionales e internacionales; en todas esas notas, programas de televisión o radio usted no verá, leerá ni escuchará de la inmensa cantidad de drogadictos que hay. De ellos casi nunca se habla ya que, esas notas, pertenecen por un misterio insondable sólo al jet set donde ya los actores, actrices o hijos de los artistas, acaban de salir o de ingresar a un centro de rehabilitación. Y no más. ¿Cuál es la verdad, y más la estadística, que se ocupa de darnos pormenorizado conteo de los adictos a la cocaína?, un “gusto” caro donde, parece, el famoso sobrecito cuesta doscientos pesos. ¿Por qué a los drogadictos y sus causas, sus apellidos, sus nombres y sus ocupaciones se les solapa e “ignora” cuando el gigantesco, abominable problema está presente? No hay, que yo sepa más que estudios de superficie –datos científicos de la droga, síntomas- pero no la investigación a fondo de los principales causantes de tanto derramamiento de sangre debido a la desmedida ambición de los narcotraficantes que, no dejando a un lado su antigua ocupación: cultivo, cosecha, transporte, trasiego y distribución de droga, vieron la oportunidad de secuestrar personas y solicitar rescate sin importarles por supuesto destruir vidas. Y drogadictos, aquí, los hay de todas clases sociales, hombres y mujeres. Los de más bajo estrato y poder adquisitivo acuden a la marihuana y, los que pueden pagar más, a la cocaína. “No tiene usted idea- me comentó un taxista- de la cantidad de compañeros (trabajadores del volante) metidos en esto y, también, la cantidad de adictos a los que hay que distribuirles, entregarles sobrecitos”. Lo peor es saber que muchos de esos drogadictos son jóvenes y, en sus vamos a decir hogares, su familia no sabe de la adicción de esa hija, de ese hijo que, cada vez, va necesitando más cantidad y recurrencia de droga, lo que para los traficantes significa aumentar su “negocio”, ya se dijo, donde se derrama sangre, mucha y “aleatoriamente” se atente contra hogares de bien. A un drogadicto –ser de individualidad vergonzante pues ha perdido su propio respeto, su propio nombre, honor de persona y está convertido en miserable esclavo- a un drogadicto no se le obliga a drogarse. ¿Por qué lo hace entonces?, por imitación, por ignorante ya que, al probar una vez, les será muy difícil dejar tan deplorable vicio. Sí, no tenemos idea, en Minatitlán, de la enorme cantidad de viciosos que hay a nuestro alrededor.

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