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Chuleta de Iguana: UN TRISTE AMAGO DE VIDA -O DE LEJOS SE VEN LOS PÁJAROS QUE SON CALANDRIAS-

 

Por: Luis A. CHÁVEZ

 

iguanitaPor fin y gracias a Dios y a la virgen aunque endeudándose un poco, cosa normal en sus vidas, llegaron a un hotel de cuatro estrellas en Cancún. No les tocó vista al mar pero desde la terracita se veía el Caribe y allí, sentados en cómodos sillones, contemplaban el azul turquesa y los turistas. Gracias amor –dijo ella, abrazándolo- como en retribución a su justa demanda ante la vida que, ahora, le daba un abono de felicidad según su punto.

 

Y salieron después de darse un baño (y alabar los jaboncitos en forma de flores, los frasquitos de champú en la canastita “divinos”, dijo ella y los guardó en su maleta) para salir a comer.

 

Le preguntaron a alguien con uniforme del hotel por qué no los atendían y la persona les dijo que ahí todo era bufete. Contemplaron la escena y se dieron cuenta de que sí, en efecto, uno es el que se sirve yendo por lo que más considere a la barra de alimentos. Divino, volvió a decir ella.

 

Esos momentos eran un ligero préstamo, un arrebato que merecían hacérselo a la vida porque se lo merecían ah y las fotos, había que tomarse muchas fotos: bajo la palma de coco, a lado del señor que vendía nieves en la calle, caminando en la playa (ya en traje de baño) o por la tarde, en el barecito del hotel frente a los vasos largos con líquido color azul y sombrillitas minúsculas, divino.

 

No un mariachi ni rondalla –rara en semejante escenario- ni mucho menos el conjunto de músicos con arpa (son carísimos) de manera que ante sus vasos con líquido color azul (que no les gustaron por su sabor exótico, a ciento cincuenta pesos cada vaso) se la pasaron escuchando música en vivo que provenían de las otras mesas donde a los muchachos gringos los dólares les salían por las orejas.

 

A estos no, había qué ahorrar, ya estaban ahí pero había que ahorrar. De modo que al siguiente día, temprano, fueron a un súper mercadito y compraron pan, jamón y una latita de chiles; dos refrescos para cada quien e hicieron sándwiches. Algo ahorraron.

 

En la playa, una delicia lo que vieron, pero además carísimo. Y compraron empanadas a una señora, collares a una niña “para llevarle a los cuates” y se tomaron fotos, más fotos.

 

Regresaron pronto, felices según los dos, de haber estado en ese hotel, la playa, los mariachis. Alabaron aquella arena blanca y las gaviotas, blancas también y de cómo llegas al hotel y tú te sirves la comida y todo está muy hermoso.

Así, la vida en ocasiones te amaga.

 

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