Ultimas Noticias

Chuleta de iguana: SIEMPRE FUE MALO PARA LAS CANICAS

Por Luis A. Chávez

Era gordito y su mamá le echaba las canicas, muy bonitas, en un bote de plástico transparente. Nos extrañaba que llegara por las tardes -siempre- bañado y bien peinado, rozagante, limpio, mientras la runfla de bandoleros (con nuestras canicas en un calcetín al que le hacíamos un nudo y sabíamos perfectamente cuántas eran) nos quedábamos viéndolo a sabiendas que no encajaba allí. Pero sus canicas, hay que insistir, era muy bonitas y, lo mejor, él no sabía jugar.
Hacíamos la raya en el piso de tierra y nos retirábamos cinco pasos para “calarnos” y ver quién era primero, segundo, tercero, según cayera nuestra canica lo más cerca de esa raya.
El gordito, siempre, era el último, pero con una sonrisa y cierta clase de torsión corporal, decía: “chin”, y se resignaba.
Ya el triángulo dibujado en el suelo, con las canicas dispuestas según el número de jugadores, estaba listo. Ahora le tocaba al que se había acercado más a la raya de cala, tirar.
¡Y zas!, tiro seguro, allá, afuera del triángulo, iba la canica y el tirador la recogía de inmediato, es decir, un trofeo personal directo al calcetín.
Lográbamos a veces pasar todos y cada quien obtenía dos, tres canicas de acuerdo a su puntería que, en semejante sitio, sólo era para los expertos, la crema y nata de la más pura vagancia.
El gordo no alcanzaba turno: el triángulo, cuando le tocaba, estaba ya vacío.
Y otra vez, de nuevo a hacer el dibujo y él, con gusto enorme y depositario acaso de una enorme confianza, fe o sepa Dios qué ánimo, colocaba sonriente otra presea, misma que, aquel que había quedado en primer lugar, tiraba y, lógicamente, la sacaba. Las demás estaban cacarizas, deslucidas, eran canicas de batalla, de discusiones y guerra.
Poco a poco el bote de plástico transparente del gordo iba quedando vacío. Los delincuentes no entendíamos por qué aquel niño bien bañado continuaba contento cuando que, de sacar alguien nuestra canica del triángulo, éramos capaces de llevar la sangre al río, nuestra vida no era tan importante en ese instante como la canica nuestra.
Al siguiente día el gordo llegaba con más, pero un día, se fue, no lo vimos más.
Al paso de los años supimos que entró a la política, obtuvo buenos cargos. A veces pienso en él y ganas me dan de visitarlo, para devolverle todas sus canicas.

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*