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Chuleta de Iguana: ¿BAILAMOS SEÑORITA? PARTE DOS

 

Por: Luis A. CHÁVEZ
iguanitaLas muchachas tuvieron suerte de que acá en el sur no vendieran en las tlapalerías, como en Chihuahua, cartuchos de dinamita, es decir: después de haberlas invitado a bailar y ellas dijeran: “no gracias” con esa displicencia fatal que así acostumbran, nos retiraríamos como si nada y sin que lo notaran, zas (el cartucho bajo de su mesa) ¡y allá iban a dar hasta Capoacán! Pero no, los hombres, nobles a como hemos sido y somos desde muy temprana edad, nos resignábamos a aquella sentida derrota y asimilábamos el golpe. Y eso que parecíamos cromos: zapatos bostonianos bien boleados, pantalones de casimir inglés (Rivetex) y camisas Golden Arrow que comprábamos en El Bebé, más un poco de vaselina Wildrot, Glostora, no tanto, o bien aquella Osart que me gustaba mucho. Lo que las muchachas no sabían era que pertenecíamos a una Cofradía, una hermandad donde los “Huele fiestas” con presencia en XV años, bodas, cumpleaños, bautizos y bailes populares éramos los que le daban vida a esos festejos: sin nosotros las pachangas resultaban aburridas. Entonces, boletinábamos a aquellas díscolas por la sencilla razón de que al conocido salón que se llama Jardín Corona y por eso es conocido, no tardaría en llegar la reina de todas las orquestas: La Santanera donde, a reventar, en el Corona no cabía ni un alfiler. No era lo mismo en los bailes locales donde Chico Tehuano, Los Jets, la Sonora Petrolera, el Afro Colonial, el Siguaraya, el Chino Márquez y otros, amenizaban los bailes, no. Al sólo anuncio de la Santanera, vendría nuestro desquite pues ya sabíamos lo que les esperaba a aquellas muchachas desalmadas. Y por fin, igual de hermosos y guapos (después de volarnos la barda del Jardín Corona) calmados, reposados y tranquilos sin que nuestra sed de desquite se notara, sonrientes y alegres, veíamos cómo el salón se llenaba y se llenaba de asistentes. Las muchachas iban echando tiros –según ellas- con sus peinados altos como panales de avispa y sus zapatos nuevos y sus vestidos nuevos y sus calzones nuevos. Se trataba ni más ni menos que de La Sonora Santanera en Minatitlán, la auténtica, esa que iniciaba el baile diciendo: “En La Habana quien ya no conoce, a un magnífico bailarín, todos lo conocen por ¡Panchito!, porque baila el Cha cha chá”… ay mi padre.

Y aquello era pasearnos una y otra vez, haciéndonos los distraídos, frente a las díscolas que, ahora, nos volteaban a ver rogándonos con la mirada: “sácame a bailar” y a propósito, hasta nos encaminábamos con dirección a sus mesas…pero sólo para cruzar al otro lado y continuar nuestro camino. Luego, en la madrugada al término del baile, nos íbamos al Acapulco a desayunar pero antes a la iglesia, a dar gracias a Dios por habernos permitido tan dulce y hermosa venganza.

 

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