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Chuleta de Iguana: 18 AÑOS DE EDAD

 

Por: Luis A. CHÁVEZ

 

iguanitaTuve que tener 18 años de edad y dos novias al mismo tiempo (la culpa no es de uno sino de aquella vaselina Wildrot o de los casimires Rivetex). Entonces había que marchar.

La ceremonia fue en el antiguo edificio sindical petrolero, en el parque; por desgracia y en buen plan, me tocó “bola negra” aquellos que en el sorteo no se salvan de dar el servicio que, sin gorras rojas, camisetas SMN y pantalón de mezclilla, debimos marchar los domingos, a partir de las 7 de la mañana reuniéndonos puntualmente en el antiguo cuartel de madera y láminas de la Díaz Mirón, sitio al que, en el Día del Soldado (o del Ejército) nos llevaban a los alumnos de escolaridad primaria para obsequiarles algún regalo pero mis compañeros se ponían de acuerdo para que no les diéramos esas galletas saladas, las latas de sardinas, de chiles, y mejor nos las fuéramos a comer al Fieles de Güiribis (los chamacos se escondían los regalos bajo la camisa) y allá nos íbamos, a degustar y contemplar la naturaleza pasando antes por el viejo aeropuerto para hacer también maldad y media.

Luego, ya a los 18 cumplidos no había problema si nos tocaba “bola negra”, en buen plan. El mero día que nos citaron para comenzar a marchar- en los edificios en construcción, años 67, 68, de la colonia Cuauhtémoc, un soldado andaba cuaderno en ristre y bolígrafo ofertando a los conscriptos la licencia digamos, por todo ese año, a cambio de quinientos pesos. Al preguntarme a mí, le dije que no, y de insistir, lo acusaría ante el Tribunal de La Haya. Sí marché, los domingos y sólo tuve una falta cuando la antorcha olímpica llegó al puerto de Veracruz solicitándole, un domingo antes, permiso a mi capitán Barraza, quien me lo concedió y asistí a aquella inolvidable ceremonia: la antorcha llegó de día, por mar y a nado la llevaron a tierra. Se quedó a pernoctar en Veracruz mientras le hacían interminables fiestas y, al siguiente día partió al Distrito Federal, temprano.

El potencial de la edad hacía que nos fuéramos al baile popular de los sábados “en conocido Jardín” y de ahí no tenía objeto ir a casa sino directamente, bien vestidos pero desvelados, a marchar. Nuestros jefes fueron Alfredo Núñez Arguello, Mayolo Ruíz Aquino, Javier Ramírez Ortiz.

-Ahora -nos dijo una vez el Mayor- aprenderán a tirar granadas de mano, sin carga, por supuesto; a ver tú, flaco –me dijo Mayolo- ve por aquella granada que arrojaron y desde allá nos la regresas (estaban debajo de un árbol de mango), allá fui y les grité que se quitaran; no me creyeron y lancé la granada, que cayó encima de la copa del árbol y allá venía, cayendo… fue la ocasión que hice correr a mi Mayor.

 

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